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No es drama: estamos visibilizando las desigualdades

Dora de la Cruz

 

No normalicemos la violencia política por razones de género en los medios de comunicación contra las mujeres en el poder, cuando el periodismo feminista levanta la voz;  no es que “estamos exagerando”, no es que “estamos haciendo  drama”; es que se está nombrando esta desigualdad y cultura machista, que intenta desacreditarlas y expulsarlas de los espacios públicos.

Con la llegada de la paridad a los espacios de poder, llega la violencia política por razón de género; la crítica hacia una mujer en el servicio público se construye a partir de su género y no de su desempeño, no se analizan decisiones, resultados, o políticas públicas de la funcionaria; se activan estereotipos, se cuestiona su forma de hablar, o incluso su vida personal.

Los casos de violencia contra las políticas, está subiendo de tono y es peligroso, por las consecuencias y los mensajes que se envían a otras mujeres que quieren participar en la política; se desalientan, ante la incidencia de estas críticas públicas y en redes sociales, pero además, frente a la impunidad y castigos superficiales, de amonestaciones públicas, multas económicas y disculpas obligadas; es decir, si no hay un arrepentimiento, es seguro que la actitud machista se vuelva a repetir.

Precisamente este fin de semana, en la Cuarta Sesión Itinerante de la Legislatura 66, celebrada en Matamoros, la diputada Magaly Deandar, fue criticada por usar una bolsa “costosa”, que algunos periodistas retomaron, incurriendo en una crítica colectiva que no tiene nada que ver con su trabajo legislativo, pero además, terminó siendo una agresión colectiva que, por añadidura, nadie está registrando como tal, ni la autoridad electoral, de quien se manifiesta un silencio cómplice .

Las violencias  contra las mujeres empiezan con una burla, con una crítica y van  escalando, ante la impunidad que persiste; no la normalicemos en los medios de comunicación; el periodismo con perspectiva de género no exagera, evidencia y transforma la narrativa . Se debe dejar de centrar la cobertura en la ropa que usan, en su forma de hablar, en su pareja o en su estado civil. La crítica debe dirigirse al desempeño de las funcionarias, a sus decisiones, resultados y responsabilidades, para bien o para mal. Cuando el análisis se va hacia lo personal, reproducimos  la violencia política por razón de género y lo que se normaliza, se repite.

Las cifras oficiales no retratan la dimensión real de la violencia política que enfrentan las mujeres. Al 4 de febrero de 2026, el Registro Nacional de Personas Sancionadas del INE reporta 479 casos, con 356 hombres y 76 mujeres sancionadas, además de 27 personas reincidentes; el 71.77% de los hechos ocurre en el ámbito municipal y el 36% de las víctimas en procesos electorales son mujeres. Sin embargo, estos números sólo reflejan los casos denunciados y resueltos, no la cifra de agresiones que se silencian por miedo, desgaste institucional, o normalización de la violencia. El reporte del Instituto Nacional Electoral, señala que la lista de causa por denuncia en este tipo de violencia es por insultos sexistas (44% de parlamentarias), amenazas de muerte, violencia física y psicológica.

No podemos minimizar las razones por las que las mujeres denuncian; son alarmantes. Si la autoridad electoral no actúa de manera oportuna, corremos el riesgo de que sea demasiado tarde, como ha ocurrido con otras leyes sobre violencia: solo cuando suceden hechos graves e irreversibles, se endurecen las penas, después del daño.

Basta de complicidades e impunidad. Las mujeres políticas tienen derecho a ejercer el poder sin violencia.

 

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