POR LA LIBRE

La advertencia
Por Edelmira Cerecedo García
La política tiene una memoria bastante incómoda: los ciudadanos pueden respaldar a un gobierno durante años, pero también pueden retirarle su confianza cuando sienten que las promesas dejaron de convertirse en resultados.
Lo que hoy se proyecta en Estados Unidos, con los demócratas buscando recuperar el control de las dos cámaras del Congreso, deja una lectura que va mucho más allá de la disputa entre demócratas y republicanos.
El mensaje de fondo no necesariamente es cambiar un color por otro. Es la posibilidad de que una parte de la ciudadanía esté utilizando las urnas para castigar al sistema político que considera responsable de sus inconformidades.
Y cuidado, porque esa es una advertencia que no distingue colores partidistas.
Cuando una población percibe que las decisiones se concentran, que las instituciones se convierten en instrumentos de control, que sus libertades están bajo presión o que sus problemas cotidianos quedan subordinados a los intereses del poder, el contraste político crece. Y con él, el descontento.
No se trata exclusivamente de izquierda o derecha, de demócratas o republicanos, de Morena o de la oposición mexicana.
Se trata de una relación cada vez más compleja entre ciudadanía y poder.
El poder no es una propiedad privada. Tampoco es una herencia que se transmite automáticamente de una elección a otra.
2027: LA PRIMERA GRAN PRUEBA.
La elección intermedia del próximo año será mucho más que una competencia por diputaciones y presidencias municipales. Será una evaluación del ejercicio del poder, de los gobiernos locales, de la capacidad de Morena para mantener la cohesión de su movimiento y de la verdadera dimensión de sus aliados.
Morena llega con una estructura territorial importante y con la ventaja de gobernar desde la Presidencia de la República. Pero eso no significa que tenga garantizada la continuidad de sus triunfos.
Las candidaturas, los conflictos internos, el desempeño de los gobiernos estatales y municipales, la inseguridad, la economía y el bolsillo familiar serán variables que pesarán en la conversación electoral.
Pero hay un elemento adicional que merece atención: el desgaste no siempre nace de la oposición. También puede surgir de la percepción de que el poder comienza a cerrarse sobre sí mismo.
Cuando las decisiones se alejan de la ciudadanía, cuando la crítica se interpreta como una amenaza y cuando las estructuras políticas parecen más preocupadas por conservar el control que por resolver problemas, se genera una distancia que termina reflejándose en las urnas.
La pregunta no será solamente cuántos votos conserva el oficialismo, sino cuánto respaldo real mantiene cuando los ciudadanos tienen que evaluar lo que recibieron a cambio de su confianza.
Y la oposición tendrá su propio examen.
Porque tampoco basta con esperar el desgaste del partido gobernante para convertirse en alternativa. PAN, PRI y Movimiento Ciudadano tendrán que demostrar si son capaces de construir propuestas, liderazgos competitivos y una estructura que llegue más allá de las fotografías, las conferencias y las declaraciones de ocasión.
La inconformidad ciudadana no se convierte automáticamente en votos para la oposición.
Si la ciudadanía está cuestionando al sistema, cambiar de logotipo no necesariamente resuelve el problema.
TAMAULIPAS: EL PODER TAMBIÉN SE EXAMINA EN LOS MUNICIPIOS.
En Tamaulipas, la contienda tendrá un ingrediente adicional: 43 presidencias municipales y 22 diputaciones de mayoría relativa estarán en juego.
Aquí no bastará con presumir siglas, cercanía con el poder estatal o fotografías con los liderazgos nacionales.
Cada alcalde tendrá que responder por sus resultados. Cada aspirante tendrá que demostrar qué ha hecho y qué propone. Y cada partido tendrá que explicar por qué merece seguir gobernando o por qué está preparado para hacerlo.
Las lealtades políticas no siempre sobreviven a una mala administración. Tampoco las estructuras partidistas garantizan que el ciudadano vuelva a votar por los mismos.
La elección municipal será especialmente reveladora porque el ciudadano conoce a sus autoridades, identifica sus problemas y distingue entre el discurso y lo que ocurre en su colonia.
Y aquí hay una diferencia importante: el ciudadano no necesita conocer las disputas de las dirigencias para saber si le falta agua, si las calles están deterioradas, si la inseguridad afecta a su familia o si sus autoridades dejaron de escucharlo.
En el ámbito municipal, el poder se mide en la vida cotidiana.
2030: LA SUCESIÓN NO SE HEREDA.
Pero el capítulo verdaderamente interesante está después.
La elección presidencial de 2030 será otra dimensión de la disputa. Para entonces, el proyecto político que hoy gobierna México tendrá que demostrar que puede sostenerse por sus resultados, su cohesión y la confianza ciudadana, no solamente por el peso de una marca electoral.
La sucesión presidencial también pondrá a prueba los equilibrios internos de Morena. Los liderazgos, los grupos, las aspiraciones y la capacidad de procesar diferencias sin fracturar el movimiento serán factores centrales.
Y hay algo que no debe perderse de vista: 2027 puede modificar las condiciones políticas con las que los partidos llegarán a esa sucesión.
Si el oficialismo conserva una amplia fuerza legislativa y territorial, tendrá una plataforma para organizar su continuidad. Si enfrenta pérdidas importantes, divisiones o dificultades para mantener sus mayorías, la conversación política de 2030 será distinta.
Del otro lado, la oposición tendrá que resolver una asignatura que lleva años posponiendo: construir una alternativa con identidad propia, liderazgos reconocibles y propuestas que conecten con las preocupaciones cotidianas.
No será suficiente presentarse como anti-Morena. Tendrá que explicar qué haría diferente y por qué.
Pero hay una cuestión todavía más profunda: ¿y si el malestar ciudadano de los próximos años no está dirigido únicamente contra un partido, sino contra las formas de ejercer el poder?
Esa posibilidad cambia la dimensión del análisis.
Porque cuando la discusión pública comienza a concentrarse en los límites del poder, la autonomía de las instituciones, las libertades, la rendición de cuentas y la capacidad de los ciudadanos para cuestionar a sus gobernantes, ningún partido puede considerarse ajeno a esa discusión.
Ni el que gobierna ni el que aspira a gobernar.
LA ADVERTENCIA NO TIENE COLORES.
Lo que ocurre en Estados Unidos no es una fórmula que México vaya a repetir mecánicamente. Sus sistemas electorales, partidos y circunstancias son distintos.
Pero sí permite observar una advertencia política: ningún partido tiene asegurado el respaldo ciudadano para siempre.
Y más que detenerse a celebrar si los demócratas avanzan o los republicanos retroceden, habría que observar qué está expresando el electorado sobre el ejercicio del poder.
Porque una sociedad inconforme no necesariamente está buscando un nuevo partido que ocupe el mismo espacio. Puede estar cuestionando las estructuras, las decisiones y los mecanismos mediante los cuales se gobierna.
Esa es la diferencia entre una simple alternancia electoral y un cuestionamiento más amplio al sistema político.
Mi lectura es que los próximos cuatro años estarán marcados por una discusión que no se resolverá exclusivamente en las dirigencias partidistas. También dependerá de cómo perciban los ciudadanos la seguridad, la economía, los servicios públicos, la corrupción, las libertades y las oportunidades.
2027 será una prueba de estructuras, gobiernos y liderazgos. 2030 será una discusión mucho más amplia sobre la continuidad de un proyecto político y la capacidad de sus adversarios para ofrecer otra alternativa.
Y aquí va una reflexión para quienes hoy celebran anticipadamente el poder y para quienes desde la oposición esperan que el desgaste ajeno haga todo el trabajo:
La ciudadanía puede castigar al gobierno, pero también puede rechazar a quienes pretenden sustituirlo sin ofrecer una manera distinta de ejercer el poder.
Gobernar no garantiza volver a ganar. Estar inconforme no significa estar dispuesto a votar por cualquier oposición.
La ciudadanía no tiene compromisos eternos con ningún partido.
En política, el mayor error es confundir una victoria electoral con un cheque en blanco.
Porque cuando una sociedad comienza a cuestionar al sistema, la advertencia deja de tener colores partidistas. Y ningún partido debería sentirse a salvo de ella.
Se los dejo de tarea.
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