ANTÍTESIS

Tequila
Mario Flores Pedraza
La detención del alcalde de Tequila, Jalisco (Diego Rivera Navarro, de Morena) por presunta extorsión a empresas (incluida la tequilera José Cuervo/Becle) y señalamientos de vínculos con el CJNG no es un rayo en cielo despejado: es el trueno de una tormenta vieja, normalizada y, peor, administrada.
Ahora hagamos el ejercicio que incomoda (y por eso vale): imaginemos que un alcalde efectivamente estaba ligado al narco. ¿Cuál es la probabilidad de que sea el único en el país? En un país de miles de municipios, con presupuestos, permisos, policías locales, obra pública y catastros como palancas de poder, ¿de verdad queremos creer en la excepción virtuosa? Esa fe ya no es ingenuidad: es coartada.
Porque el punto no es Tequila. Tequila es la botella rota que deja ver el líquido. Lo verdaderamente obsceno es el mecanismo: según las investigaciones reportadas, el gobierno municipal habría usado multas, cobros y permisos como cuchillos en la garganta, “paga o te clausuro”, “paga o te invento un adeudo”, con cifras que llegaron a decenas de millones de pesos, y con múltiples empresas presentando quejas. Eso, en castellano llano, es un ayuntamiento convertido en caja de cobro.
Si a un partido se le “pasó” investigar a ese candidato antes de postularlo, ¿qué nos dice eso de los demás?
No es un detalle administrativo; es el corazón de la descomposición. Los partidos presumen filtros, comisiones, “controles internos”, padrones, disciplina, “ética”. Pero cuando el escándalo estalla, siempre aparece la misma excusa: “no sabíamos”. Qué milagro: nunca saben, pero siempre reparten candidaturas. Nunca detectan, pero siempre cobran cuotas. Nunca prevén, pero siempre se acomodan.
Platón odiaría esta comedia. En La República, la tragedia política empieza cuando la ciudad se gobierna desde el apetito (el deseo de riqueza, poder, impunidad) y no desde la razón. El resultado es inevitable: el poder ya no regula pasiones; las pasiones devoran al poder. Y cuando eso ocurre, la ley no es brújula: es utilería.
Si a un alcalde lo meten a la cárcel por extorsionar a una empresa gigante, ¿qué nos queda a la micro y pequeña empresa, que no puede defenderse así?
Exacto. La gran empresa tiene abogados, cámaras, prensa, relaciones, capacidad de resistir el chantaje y, eventualmente, convertir la extorsión en expediente. La tiendita, el taller, el bar, el proveedor local, el hotel pequeño, el agricultor: ellos tienen otra cosa… miedo. Y el miedo diría Hobbes, es el cemento del poder sin límites: cuando el Estado no protege, la gente obedece al que sí puede hacer daño.
Por eso Tequila duele más allá del folclor y del nombre bonito. Porque si el expediente habla de una red municipal donde también aparecen áreas clave (seguridad, obra pública, registro/tesorería, etc.), lo que vemos no es “un funcionario desviado”. Vemos un modelo de gobierno: el municipio como aduana; el permiso como mordaza; la multa como garrote; la policía como argumento final.
¿Cuántos “Tequilas” caben en México antes de que aceptemos que el problema no es el alcalde, sino el sistema que lo produce?
Aristóteles llamaría a esto una degeneración del régimen: cuando el gobierno se ejerce en beneficio de los gobernantes y no del bien común, la forma se pudre. A eso le decía corrupción política. Nosotros le decimos “así es México”, que es una forma muy elegante de rendición.
La presidenta Claudia Sheinbaum dijo una frase que conviene usar, pero como espejo: “Ningún partido puede ser un paraguas para delinquir.” Perfecto. Entonces que no lo sea: que el paraguas se vuelva lupa. Porque si el partido no es refugio, tampoco puede ser agencia de colocación para la sospecha.
Ahora bien: no nos hagamos los cándidos. Maquiavelo se reiría de nuestra sorpresa. El poder local es el poder más cercano, el menos vigilado y el más tentador: maneja permisos, inspecciones, licencias, policía, obra, trámites. Es decir: controla la vida cotidiana. Y cuando controlas la vida cotidiana, puedes convertirla en renta. La extorsión no es una falla moral aislada; es una oportunidad estructural.
Tequila no es solo un municipio: es una metáfora del país. En México, muchas veces la autoridad no gobierna: cobra. No administra: presiona. No regula: negocia. No protege: factura. Y cuando esa dinámica se descubre, pretendemos resolverlo con la idea tranquilizadora del “caso aislado”.
No. Lo aislado es el ciudadano que todavía cree que esto es casualidad.
Porque, como ya has escrito en tu propia línea de pensamiento, cuando la democracia se vacía y el poder se vuelve espectáculo, terminamos con una sensación precisa: estamos gobernados por nadie… o peor: por cualquiera.



