ANTÍTESIS

Cae “El Mencho”. No cae la violencia
Mario Flores Pedraza
México amanece con esa mezcla vieja casi ritual, de euforia oficial y miedo civil. El operativo que buscaba capturar a Nemesio Oseguera Cervantes (“El Mencho”) terminó con su muerte, y con ello el Estado presume un trofeo: cayó el rostro más famoso del CJNG. Pero si alguien cree que con un cuerpo termina una guerra, es porque todavía confunde el crimen organizado con una pandilla… y no con una industria.
La pregunta incómoda no es si esto fue un “golpe histórico”. La pregunta es si el golpe cambia algo más que el titular.
Porque el CJNG no es un hombre: es una red. Y las redes no tienen cabeza: tienen nodos. El poder no “se posee”, circula. En el crimen organizado, circula en rutas, bodegas, lavadoras financieras, policías comprados, aduanas penetradas, puertos colonizados, y una burocracia paralela que cobra “impuestos” donde el Estado cobra discursos.
Por eso la caída del líder no apaga el mercado. El mercado sigue. La demanda sigue. La distribución sigue. La corrupción que lo protege sigue. Y lo que viene (si no hay un plan serio) es el fenómeno que México ya conoce demasiado bien: la fragmentación.
Cuando se corta la cúspide, no nace la paz: nace la disputa. Surgen facciones, “jefes” regionales, células pequeñas con ambición grande y disciplina variable. Antes había un mando reconocido (temido, obedecido, negociado). Ahora habrá varios. Y el problema con varios no es sólo que compitan: es que compiten sin árbitro, sin reglas, sin “línea” interna, y con la necesidad urgente de demostrar fuerza para legitimarse. Es decir: más violencia visible para ganar un poder que antes se heredaba.
La ironía es cruel: a veces el Estado celebra el inicio de un proceso que, mal administrado, multiplica el caos. No por falta de valor, sino por falta de estrategia posterior. Decapitar sin reconstruir es como derribar al tirano y dejar intacta la maquinaria.
Y sí: el CJNG opera en casi todo el país, y su alcance no se limita a México. Quien se consuela pensando “ya se acabó”, no entiende la dimensión transnacional del negocio ni lo flexible de sus estructuras. Un capo cae; la logística queda. Y si la logística queda, la violencia se adapta.
Aquí entra el tema que nadie quiere tocar con honestidad: la política de “abrazos, no balazos” fue, en la práctica, una coartada moral para no asumir el costo de confrontar al monstruo. No basta con abrazar a una sociedad herida si dejas al depredador con las uñas intactas. Pero ojo: el extremo contrario, balazos como política pública permanente, también es una trampa si se limita al músculo y abandona el cerebro.
El golpe contra “El Mencho” puede ser un comienzo… si el Estado entiende que el siguiente paso es más difícil que el primero:
Cortar financiamiento y lavado con inteligencia financiera real, no con conferencias; capturar mandos medios (los que operan territorio, extorsión y reclutamiento); limpiar policías y fiscalías (lo cual suena a utopía hasta que aceptas que sin eso todo lo demás es teatro); sostener presencia territorial para que la “gobernanza criminal” no regrese en 48 horas; y, sobre todo, ofrecer justicia rápida y creíble: lo único que compite contra la ley del miedo.
Porque si no pasa eso, la conclusión es brutal: no estaremos “gobernados por el Estado”, sino por la sucesión del vacío. Y en un país donde el vacío se llena con plomo, la caída de un líder puede convertirse en el prólogo de una temporada peor.
El Estado no puede conformarse con una imagen. El crimen organizado no vive de fotos; vive de flujos. Y los flujos, hoy, siguen en marcha.
La muerte de un capo no es el final. Es el examen.
La verdadera pregunta es si México, por una vez, va a aprobar lo que viene.



