ANTÍTESIS

¿Cuántas cifras caben en un aplauso?: 2 años de Sheinbaum
Mario Flores Pedraza
Este fin de semana, frente al Monumento a la Revolución, Claudia Sheinbaum celebró dos años de aquella noche electoral que la convirtió en la primera presidenta de México. Hubo pantallas en las plazas de casi todos los estados. Hubo récords. Hubo épica. Y hubo, sobre todo, una narrativa: la de un país que va bien. Conviene mirar los números antes de discutir el relato.
En lo económico, el gobierno presume una inversión extranjera directa histórica, más de 23 mil millones de dólares en un solo trimestre, un desempleo de 2.5 por ciento y un peso que se aprecia frente al dólar. Son datos reales. Pero junto a ellos conviven otros que el discurso oficial pronuncia más bajo: una inversión agregada que se contrae, calificadoras que dudan y un crecimiento modesto para un país de nuestro tamaño. La macroeconomía aguanta. La pregunta es si aguanta por diseño o por inercia.
En seguridad, la administración celebra una reducción de 49 por ciento en homicidios dolosos. Es, si los registros lo sostienen, una buena noticia. Pero México Evalúa advierte algo incómodo: las desapariciones siguen creciendo, los feminicidios no ceden y el estatus de los desaparecidos no se actualiza con rigor. Cuando un indicador baja mientras otro se vuelve invisible, vale preguntar si bajó la violencia o solo cambió de domicilio.
En el estado de derecho está, quizá, la herida más profunda. Esta misma semana, el Congreso aprobó, en sesiones maratónicas, contra reloj, una nueva reforma judicial que pospone la elección de jueces hasta 2028. La llaman perfeccionamiento. La Barra Mexicana de Abogados la llama incertidumbre. Yo prefiero llamarla por su efecto: un poder judicial cada vez más cercano a quien lo nombra y cada vez más lejos de quien debería vigilar. Montesquieu escribió en 1748 que el poder solo se detiene con el poder. Cuando los tres poderes laten al mismo ritmo, ya no hay equilibrio. Hay coreografía.
En transparencia, la presidenta publica su declaración patrimonial y reitera su compromiso. El gesto es correcto. Pero la transparencia no se mide por lo que el poder decide mostrar, sino por lo que no puede esconder. Un sistema sin contrapesos autónomos exhibe lo que quiere y archiva lo demás.
En gobernabilidad, no hay duda: con mayoría en ambas cámaras, este es el gobierno con mayor capacidad de ejecución en décadas. Pero la gobernabilidad sin fricción tiene un nombre antiguo. Tocqueville lo describió en 1835: el despotismo suave no reprime, administra; no encadena, tutela. No hace falta silenciar a nadie cuando ya nadie puede contradecirte.
Y frente a los problemas duros, la presión de Estados Unidos, el fentanilo, la soberanía, Sheinbaum ha mostrado temple. Defiende al país con firmeza y no se deja arrear. Eso hay que reconocerlo. Pero la soberanía hacia afuera no sustituye la rendición de cuentas hacia adentro. Se puede ser firme con Washington y opaco con los ciudadanos.
Dos años después, el balance no es de bondad ni de maldad. Es de arquitectura. Las cifras pueden ser ciertas y el rumbo, riesgoso. Porque una democracia no se desmonta con un golpe. Se desmonta con eficiencia.



