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ANTÍTESIS

Con la IA el humano es el que sobra

Mario Flores Pedraza

Hay una pregunta que llevamos años evitando, y que la inteligencia artificial nos obliga finalmente a contestar: ¿para qué sirve un ser humano en el siglo XXI? Durante décadas, la respuesta del sistema fue cómoda, casi imperceptible: el humano sirve para producir. Trabaja, consume, paga impuestos, repite el ciclo. Esa fue la lógica del capitalismo industrial y luego del capitalismo financiero. Pero ese contrato implícito asumía algo que ahora se vuelve falso: que el humano era necesario para producir.

Hoy ya no lo es. Y aquí no hablo de futurología. Hablo de lo que está pasando ahora mismo, mientras usted lee. Las grandes corporaciones tecnológicas de Estados Unidos llevan dos años despidiendo personal a un ritmo que no se veía desde 2008. Microsoft, Google, Meta, Amazon, IBM. Decenas de miles de programadores, abogados juniors, analistas financieros, redactores publicitarios, contadores, traductores, atención al cliente. La justificación oficial es reestructuración estratégica. La justificación real es más simple: una licencia de software cuesta lo que un empleado cobraba en una semana, y trabaja 24 horas sin sindicato.

Para entender por qué esto era inevitable, hay que mirar cómo funciona el sistema, no las decisiones de cada empresa. El capitalismo no es un conjunto de personas malas tomando decisiones malas. Es un metamodo de producción cuya finalidad última, su única finalidad, es la reproducción del capital. Todo lo demás (el empleo, el bienestar social, el medio ambiente, la cohesión comunitaria) es subordinado a ese fin. Cuando los intereses sociales chocan con los intereses del capital, los intereses sociales pierden. Siempre. Esa no es una opinión política, es una descripción técnica del sistema en el que vivimos.

Bajo esa lógica, la introducción masiva de inteligencia artificial no es un accidente histórico ni una sorpresa tecnológica. Es la consecuencia natural del sistema. Si el capital busca reproducirse de la manera más eficiente posible, y de pronto aparece una herramienta que es más eficiente que el humano para realizar tareas cognitivas (diseñar, redactar, analizar, programar, traducir, dictaminar, atender), entonces el sistema sustituye al humano por la herramienta. No porque odie al humano. Porque le sale más barato.

Aquí es donde el panorama global se parte en dos. Frente a este mismo dato técnico, dos potencias decidieron tomar caminos opuestos.
Estados Unidos eligió dejar correr la lógica del mercado. Cada empresa decide a quién despide y cuándo. El Estado, además, le devuelve a esas mismas empresas tecnológicas miles de millones de dólares en deducciones fiscales por inversión en automatización. Es decir, paga al capital para que reemplace a los trabajadores que después tendrá que mantener desempleados con programas de asistencia social. Una eficiencia perfecta, si uno se olvida de las personas.

China eligió lo opuesto. A finales de 2025 aprobó una legislación que prohíbe a las empresas despedir trabajadores con la justificación específica de reemplazo por inteligencia artificial. Las empresas pueden adoptar IA, pero deben recapacitar a los empleados desplazados o pagar indemnizaciones que hacen el reemplazo financieramente desventajoso. Esto, paradójicamente, viene de un régimen que en el papel es comunista pero opera económicamente como un capitalismo dirigido. Aquí está la ironia: el país acusado de no respetar derechos humanos protege a sus trabajadores ante la IA mejor que la democracia más antigua del mundo.

México, mientras tanto, no tiene postura. Ni una ley, ni un debate público serio, ni un planteamiento de Estado. Estamos a la deriva, asumiendo que el modelo estadounidense es el inevitable porque es el dominante. Pero la decisión sobre qué hacer con la IA frente al empleo no es técnica, es política. Y como no la tomemos nosotros, alguien la tomará por nosotros.

La pregunta de fondo es la misma de siempre, sólo que ahora con urgencia: ¿el ser humano vale por lo que produce, o vale por algo más? Si vale solamente por lo que produce, entonces sí, sobra. La IA produce mejor, más rápido, más barato. El humano queda como un costo a optimizar. Si vale por algo más que por su capacidad de pensar la pregunta misma, de imaginar futuros, de cuidar al otro, de tejer comunidad, entonces necesitamos urgentemente un sistema que reconozca ese valor antes de que el mercado lo invisibilice del todo.

El siglo XX nos enseñó que el problema no era la máquina, sino quién era dueño de la máquina. El siglo XXI agrega una capa: ya no se trata sólo de quién es dueño, sino de qué fin la máquina sirve. Si la finalidad sigue siendo la reproducción del capital y nada más, los humanos seremos efectivamente reemplazables. No por la IA. Por el sistema que decide para qué se usa.

La buena noticia es que esa decisión todavía está abierta. China no descubrió América con su ley; simplemente entendió que un país sin trabajadores empleados es un país sin consumidores, sin tejido social y, eventualmente, sin Estado viable. Estados Unidos lo entenderá tarde, cuando tenga sus calles llenas. Nosotros podríamos ahorrarnos ese ciclo si nos atrevemos a discutirlo antes.

Mientras tanto, cada quien sabrá si quiere seguir aceptando que su valor como persona depende de cuántas tareas pueda hacer mejor que un algoritmo. Esa carrera la perdimos hace rato. La que sí podemos ganar es otra: la de definir, juntos, qué clase de mundo queremos cuando el trabajo deje de ser el centro de la vida. Pero eso requiere imaginar, y la imaginación, por ahora, sigue siendo lo único que el capital no ha logrado automatizar del todo.

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