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ANTÍTESIS

 

¿Quién censura al poder?

Mario Flores Pedraza

A nadie le ha quitado el sueño responder esta pregunta, y vale la pena hacerla en serio: ¿quién le pone límites al que manda? La respuesta honesta es que nunca ha sido un ciudadano, ni una conciencia, ni un principio escrito. Lo único que ha detenido al poder en toda la historia es otro poder que lo quiere para él.

Tenemos el caso a la mano. El 30 de septiembre el Senado aprobó la llamada ley antimemes por 72 votos contra 34, y el 7 de octubre la Cámara de Diputados la avaló por 325 contra 114. Hasta ahí, un trámite legislativo común. Lo interesante viene después: una semana más tarde, la prensa nacional todavía no se pone de acuerdo sobre cuál ley se reformó. Unos medios dicen que el Código Penal y la Ley de Propiedad Industrial, otros que la Ley Federal del Derecho de Autor, y las cifras de las multas bailan entre unos cientos de miles y cuatro millones de pesos según quién lo cuente.

Deténgase ahí un momento. Se votó una reforma que puede meter a alguien a la cárcel, y a los siete días no hay acuerdo público sobre qué dice. Lo que quedó fijo no fue el texto. Fue el nombre.

Y el nombre lo puso alguien. “Ley antimemes” es un invento de la oposición, no el título oficial de nada. Del otro lado, el gobierno contestó que todo era una campaña de desinformación, que tampoco es un argumento jurídico. Dos relatos, los dos bien construidos, los dos fabricados por gente que vive de la política. Ninguno de los dos lo escribió un ciudadano.

Eso es, me parece, lo que conviene mirar de frente: la lucha por el poder se da entre quien lo tiene y quien lo quiere arrebatar, y son ellos los que producen las narrativas con las que después discutimos en la mesa del café. Poderosos contra poderosos. Nosotros nos formamos de un lado o del otro, y creemos que ese acto de formarnos es tener opinión.

Maquiavelo decía que en toda ciudad hay dos humores: el pueblo, que no quiere ser dominado, y los grandes, que quieren dominar. En los Discursos sobre Tito Livio va más lejos y defiende algo que suena absurdo: que la desunión entre la plebe y el senado hizo libre y poderosa a Roma. Los tumultos, el pleito permanente entre los dos bandos, no debilitaron a la república. Produjeron sus leyes.

Lea la implicación despacio, porque le quita todo el romanticismo al asunto. La plebe romana no consiguió el tribunado porque los patricios reconocieran su dignidad. Lo consiguió porque los patricios necesitaban sus cuerpos para la guerra y se estaban peleando entre ellos. La libertad llegó como subproducto de un conflicto que no era sobre la libertad.

Si Maquiavelo tenía razón, entonces usted y yo no somos el jurado de esta pelea. Somos el terreno donde se pelea. Los relatos que nos llegan están hechos para reclutarnos, no para convencer al adversario, que ya está convencido de lo contrario. Nuestra indignación es el material con el que trabajan, y por eso la administran con tanto cuidado.

Dicho eso, ahora la parte que me interesa de verdad, y que cambia la conclusión.

Hay un escenario peor que el que acabo de describir, y es que se pongan de acuerdo. Mientras los bloques se pelean, nos usan, sí, pero también se vigilan, se filtran expedientes, se acusan de corrupción, se sacan los trapos sucios, y de ese fuego cruzado el ciudadano recoge información que de otra manera nunca vería. Como escribí aquí hace dos semanas, en la propia ley antimemes fue el escándalo el que logró que bajara la pena. Cuando un solo bloque domina sin rival, no hay quién publique nada. No hay censor del poder porque no queda nadie con interés en censurarlo. Pregúntele a cualquiera que haya vivido en un país con un solo partido fuerte cuánta investigación periodística recuerda de esos años.

De ahí sale lo único práctico que se me ocurre ofrecerle, y no es una arenga. Si somos el terreno, lo más valioso que podemos hacer es ser un terreno caro. Un bloque que da por segura su lealtad no tiene razón alguna para ofrecerle nada: ya lo tiene. El votante que puede irse es el único al que hay que atender. Por eso funciona el péndulo del que escribí la semana pasada, y por eso deja de funcionar en cuanto alguien se vuelve incondicional.

Ser un aliado poco confiable para los dos bandos suena a tibieza, y no lo es. Es, literalmente, lo único que convierte a un ciudadano en algo que el poder tiene que calcular.

Y antes de cerrar me pongo yo en la cuenta, porque sería muy fácil escribir todo esto desde fuera. Yo también produzco narrativa. Tengo esta columna y tengo micrófono, y cada semana escojo a quién le pego y a quién no le pego, con mis simpatías y mis antipatías adentro, aunque trate de ponerlas sobre la mesa. No me pida que me declare neutral porque le estaría mintiendo.

Lo único que puedo ofrecerle es lo mismo que le pido: que nadie me dé por seguro.

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