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ANTÍTESIS

¿Qué administró usted antes de esto?

Mario Flores Pedraza

Ya empezaron a aparecer. Faltan meses para que arranque formalmente cualquier cosa y en Ciudad Victoria ya hay espectaculares con la cara de gente que hasta ayer nadie ubicaba, acompañada de una frase que no dice nada y de un nombre en letras más grandes que el mensaje. Ya hay informes de labores que nadie pidió, asambleas informativas que informan poco, y señores que descubrieron de golpe una vocación conmovedora por los bautizos ajenos. Viene 2027 y el aire ya huele a gorra nueva.

La pregunta que quiero hacer esta semana es sencilla y la hago sin ánimo de ofender a nadie en particular, porque aplica a casi todos: ¿de dónde sale tanta hambre de gobernar?

Lo pregunto porque uno conoce a varios de ellos. Y algunos no han podido administrar su propia cartera. Deben la camioneta, traen tres divorcios con pensiones atrasadas, el negocio que tuvieron lo cerraron debiéndole a los proveedores, y a sus hijos los ven cuando se acuerdan. Esa misma persona está convencida de que lo que le falta al estado es que ella llegue a ordenarlo.

A nadie se le ocurriría contratar como tesorero de su empresa a un hombre que no puede cuadrar su chequera. Para un presupuesto público de miles de millones, en cambio, el requisito es tener fotos con la gente y un partido que lo acepte.

Platón se ocupó de esto en la República. En el primer libro, Sócrates sostiene que el hombre bueno no acepta el poder por dinero ni por honor, sino para no quedar en manos de alguien peor. Más adelante llega a una conclusión que suena a broma hasta que se piensa dos veces: la ciudad mejor gobernada será aquella donde los llamados a gobernar sean los menos deseosos de hacerlo. Y a los que logran salir de la caverna y ver la luz hay que obligarlos a bajar de vuelta, porque no quieren. Nadie que haya visto algo verdadero regresa con gusto a administrar sombras.

El criterio, entonces, se invierte por completo. Querer el cargo es la primera señal de alarma. Y aquí está el problema de diseño que nos tiene donde estamos: la máquina electoral selecciona precisamente por apetito. Para llegar hay que querer tanto el puesto que uno esté dispuesto a tocar puertas durante dos años, a pedir dinero, a callarse lo que ve dentro de su partido y a sonreír en cuatrocientas fotos. El proceso filtra a los tibios y premia a los hambrientos. Después nos sorprende el resultado.

He escrito antes, en este espacio y fuera de él, que la autoridad puede venir de tres lugares: de lo que uno tiene, de lo que uno dice, o de lo que uno es. El cargo, el discurso, la conducta. Y que la única que aguanta el paso del tiempo es la tercera, porque las otras dos se consiguen y la tercera se acumula.

Pásele esa vara a cualquier campaña y verá lo que encuentra. La primera fuente la tienen o la están persiguiendo. La segunda la rentan: un asesor les escribe el discurso, un publicista les escoge el color, un encuestador les dice qué opinar el jueves. La tercera no aparece en ningún spot. Nadie sale a decir “mírenme cómo me he conducido durante veinte años, pregúntenle a mis socios, a mis empleados, a mi exmujer, al que me prestó dinero”. Y no aparece porque la conducta sostenida no se puede contratar ni improvisar en campaña. O estaba ahí desde antes, o no hay con qué sustituirla.

Ahora me falta la parte que no le va a gustar, y me incluyo primero para no parecer que reparto desde la barrera.

Esa hambre de mandar es un apetito bastante humano, y los políticos solo son los que llegaron. Mire a su alrededor, o mejor mírese: la pelea por la mesa directiva de la escuela, el que quiere ser tesorero del club para sentirse alguien, el administrador del grupo de WhatsApp que ejerce su cargo con una solemnidad que asusta, el que en la oficina usa el poquito de poder que tiene para hacerle la vida difícil a quien no le cae bien. La prueba de cómo se comporta un hombre con poder no llega cada seis años. Llega todos los días, en dosis chiquitas, y casi nadie la pasa.

Yo me hice la misma pregunta hace unos meses, en serio y por escrito, y no salí bien librado. Durante años confundí mi necesidad de ser una figura de autoridad con la de ser una figura política, hasta que me quedó claro que no necesitaba la segunda para lo primero. También escribí aquí, en julio, que de las tres puertas que tiene un ciudadano frente a la política —entrar y acomodarse, entrar y fracasar, o no entrar— la tercera es la más cómoda de todas, porque nunca te van a poder demostrar que te equivocaste. Así que no me lea con modestia: escogí la salida fácil y lo sé.

Y hay que ser justos con Platón, porque su paradoja tiene un agujero. Si solo debieran gobernar los que no quieren, y los que no quieren no se postulan, acabaríamos gobernados por el que pasaba por ahí. La paradoja sirve de filtro, no de método de reclutamiento. La versión aprovechable es más modesta: averiguar para qué querían el poder y revisar qué administraron antes, en vez de exigir santos sin ambición.

Por eso, de aquí a 2027, cuando alguno se le acerque con la gorra nueva y la sonrisa lista, le propongo una sola pregunta. No la del plan de gobierno, que la traen aprendida.
¿Qué administró usted antes de esto, y cómo quedó aquello?

Y si le parece una pregunta injusta, hágasela usted también antes de ir a votar. Yo ya me la hice, y por eso escribo en lugar de gobernar.

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