ANTÍTESIS

La psicología del poder
Mario Flores Pedraza
Imagine un pueblo cualquiera, con calles de tierra que se vuelven lodo en agosto, una plaza de laureles mal podados y una presa que no da agua desde hace once años. Llega un hombre. No es el más preparado ni el más honesto, pero es el único que se para en el mercado a escuchar y el primero en años que cumple algo: a los ocho meses sale agua de las llaves. La gente llora en las banquetas. Lo quieren de verdad, y el cariño es merecido.
Al segundo año el contralor le observa tres contratos. Son observaciones aburridas, de técnico, pero salen en el periódico del pueblo y le estorban. El hombre explica, con razón, que mientras él destapa pozos otros se dedican a buscarle comas. La gente le cree, porque el agua sí está saliendo. El contralor se va y lo reemplaza un primo del tesorero. Nadie protesta: al contralor nunca nadie lo quiso.
Al cuarto año el periódico cierra por falta de publicidad oficial. Al quinto, el juez que le negó un permiso aparece acusado de algo viejo y renuncia. Al sexto ya no hay quien le lleve un papel que diga “esto está mal”, y entonces ocurre lo que tenía que ocurrir: el hombre firma la obra de su vida con un proveedor que le mintió, el dinero se va, la presa se agrieta, y el pueblo se queda otra vez sin agua. Él se entera el mismo día que todos, en las noticias, y no entiende nada. Nunca nadie le avisó.
Ese cuento funciona como descripción clínica de cómo trabaja la cabeza de cualquiera que acumula poder, incluidos usted y yo si nos lo dan.
Hobbes lo formuló en el Leviatán con una frase que describe mejor la política mexicana que cualquier encuesta: en el hombre hay un deseo incesante de poder tras poder, que solo cesa con la muerte. Y dio la razón, que es la parte que importa: quien manda no puede asegurar el poder que ya tiene sin adquirir más. Lo mueve el miedo a perderlo, no el gusto de tenerlo.
Ahí está la psicología completa. El que manda no derriba los límites por soberbia. Los derriba por miedo. Cada contrapeso que sigue en pie es un riesgo futuro, un lugar desde donde algún día podría venir el golpe, y desmontarlo se siente como prudencia. Por eso un régimen puede arrasar con todo lo que lo incomoda mientras duerme perfectamente tranquilo: desde adentro, no está destruyendo la democracia, está protegiendo su obra de los que quieren frenarla. Y mientras siga saliendo agua de las llaves, mucha gente va a estar de acuerdo.
Esto me lleva a la aclaración que me interesa más de todo lo que he escrito este año.
La democracia no es ir a votar. Votar es el ejercicio democrático del ciudadano, su parte, el día que le toca, y está bien que lo defendamos. Pero si la democracia se agotara en eso, Rusia sería una democracia, y Venezuela, y casi cualquier régimen del planeta, porque todos organizan elecciones y casi todos las ganan. Las elecciones son baratas. Lo que ningún régimen soporta son los días intermedios.
La democracia son los contrapesos. Es el juez que puede pararle una obra al gobernador. Es el auditor que revisa una factura y la observa. Es el periodista de provincia que publica el contrato que nadie pidió ver. Es la autoridad electoral que no le debe nada a quien organiza la elección. Es el instituto de transparencia que obliga a entregar un documento. Es el diputado de oposición que vota en contra y lo dice con nombre. Todo eso, junto, es la democracia en los mil y tantos días en que usted no está en la casilla. Y es lo primero que un poder creciente aprende a identificar como enemigo.
Por eso la señal de alarma nunca es una elección perdida o ganada. Es la velocidad con la que van cayendo las instancias que vigilan. Platón describió este recorrido en el libro octavo de la República, y el patrón se repite: timocracia, oligarquía, democracia, tiranía. Lo he usado aquí antes para preguntarme en qué punto del recorrido vamos. Sigo sin tener una respuesta tranquilizadora.
Ahora, para no vender un cuento demasiado limpio, hay que decir lo otro. Los contrapesos también se corrompen y también se capturan. Hemos visto jueces vendidos frenando lo que debía pasar, organismos autónomos convertidos en cajas de empleo para cuates, y a élites muy cómodas usando la palabra “contrapeso” para defender privilegios que nadie votó. Quien crea que todo lo que lleva etiqueta de autónomo es virtuoso no ha visto México. La prueba para distinguir es simple y cualquiera puede aplicarla: pregúntese si el límite se le aplica a todos o solamente al adversario. Un contrapeso que solo frena a un lado dejó de ser contrapeso y se volvió arma.
Y falta la parte que nos toca, que es la que menos se dice. Ningún poder derriba contrapesos solo. Los derriba con aplausos. Cuando desaparece el organismo que a usted le caía mal, cuando se va el juez que soltó a quien usted odia, cuando cierra el medio que publicaba lo que a usted le parecía mentira, usted aplaude. Yo he visto a gente seria celebrar la caída de instituciones completas por el gusto de ver perder a alguien. Ese aplauso es la herramienta más útil que tiene un régimen, y es gratis.
En el cuento del principio no expliqué por qué cae el hombre, y es porque casi siempre cae igual. No lo tumba la oposición ni lo castiga la historia: se equivoca en algo grande y ya no queda nadie con permiso para decírselo.
Los contrapesos existen para avisarle al que manda, no para estorbarle. El día que los quite todos va a gobernar a ciegas, y usted y yo vamos a estar ahí cuando se agriete la presa.


