Municipios

Don Maximino y sus 101 años de vida

Por Daisy Verónica Herrera Medrano

Don Maximino Meléndez Zapata celebró 101 años rodeado de hijos, nietos y bisnietos en el ejido Tierra Nueva, donde su historia de trabajo, campo y vida sencilla conmovió a generaciones enteras

 

Tierra Nueva, Tamaulipas.- Por momentos, la fiesta en el ejido Tierra Nueva parecía una reunión de varias generaciones intentando ponerse de acuerdo sobre el tamaño exacto de la familia.

Nadie tenía la cifra correcta. Unos aseguraban que fueron 16 hijos. Otros insistían en que eran 17. Los nietos ya se perdían entre decenas de bisnietos y tataranietos. Pero todos coincidían en algo: el centro de aquella casa era un hombre de 101 años que todavía camina firme, conversa sin titubeos y se prepara para bailar en su cumpleaños.

A solo cinco minutos de Ciudad Victoria, el ejido se llenó de camionetas, música norteña y abrazos largos para celebrar a Maximino Meléndez Zapata, campesino nacido en un ejido de Tula cuando México todavía tenía más caminos de tierra que carreteras pavimentadas.

—¿Cuál es el secreto, don Maximino? —le preguntaron.

El anciano apenas se acomodó en la silla, sonrió y respondió con naturalidad:

—Pues ni yo lo conozco.

 

Las carcajadas estallaron alrededor. Él también ríe. Hace más de veinte años dejó el alcohol y el cigarro “por mera voluntad”. No habla de dietas especiales ni de rutinas milagrosas. Dice que toma café, agua, duerme bien y come solo dos veces al día.

Mientras habla, sus hijos empiezan a reconstruir la verdadera historia detrás de esos 101 años.

Recuerdan que trabajó sembrando, haciendo ladrillo, vendiendo carbón y hasta tocando guitarra en reuniones de ranchos vecinos. Cuentan que de joven recorría caminos de terracería acompañado de un violín para amenizar fandangos y tertulias.

También recuerdan que levantó a toda su familia con apenas tercer año de primaria.

Cuando en el ejido Miguel Hidalgo ya no hubo suficiente tierra para sembrar, llegó a Tierra Nueva buscando mejores oportunidades. Ahí recibió una parcela y un espacio para construir su casa.

Con lodo, ladrillo y manos endurecidas por el trabajo levantó el hogar que hoy sigue siendo el punto de reunión de toda la familia.

Hace apenas diez años todavía recorría el potrero en bicicleta.

—Ya le prohibimos trabajar porque se nos pelaba —dice uno de sus hijos entre risas.

Otro recuerda que continuó trabajando de albañil incluso después de los 80 años y que ayudó a construir viviendas en Ciudad Victoria. Todos coinciden en que todavía conserva paso firme y mirada clara.

En la cocina antigua aún sobreviven rastros de la época que le tocó vivir. Una estructura de lodo y ladrillo recuerda los años sin energía eléctrica, sin agua potable y sin refrescos embotellados.

Ahí se cocinaba con leña. Ahí se molía el maíz en metate.

Los hijos creen que quizá el verdadero secreto de su longevidad sí estaba escondido en aquellas costumbres sencillas: tortillas de nixtamal, huevo de patio, nopales, calabazas, leche bronca y chile piquín secándose en manojos para durar todo el año.

Don Maximino escucha en silencio. De vez en cuando corrige alguna fecha perdida entre los recuerdos familiares. Todavía recuerda el día en que se le murió un toro y tuvo que uncir una vaca junto al otro animal para seguir sembrando, porque detenerse nunca fue una opción.

La música comienza a sonar desde el patio. Un bajo sexto se afina mientras siguen llegando nietos, bisnietos y tataranietos. La fiesta apenas comienza.

Uno de sus hijos, que está por cumplir 80 años, bromea diciendo que parece de 30. Todos vuelven a reír.

En medio del bullicio, alguien le pregunta a don Maximino si está listo para el baile.

—Ah sí —responde con naturalidad.

Como si cumplir 101 años fuera apenas otro sábado cualquiera en el ejido Tierra Nueva.

Artículos Relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Back to top button