POR LA LIBRE
Entre lágrimas, abrazos y memoria
Por Edelmira Cerecedo García.
Bajo las luces del Polyforum de Ciudad Victoria no solo se entregaron medallas. Se respiró memoria, gratitud y también cansancio acumulado de generaciones enteras que han pasado su vida frente a un pizarrón.
Ahí estaban maestras de voz suave y carácter firme; maestros que aprendieron a dar clases bajo techos de lámina, entre caminos de tierra o soportando jornadas eternas para llegar a comunidades apartadas. Y aun así, nunca soltaron la vocación.
La ceremonia del Día del Maestro encabezada por el gobernador Américo Villarreal Anaya tuvo algo distinto.
No fue el protocolo frío de otros tiempos. Fue más parecido a una reunión donde el magisterio se sintió visto, escuchado y abrazado.
Cuando el mandatario comenzó a hablar y llamó a las y los maestros “el corazón de la transformación”, muchos en las primeras filas bajaron la mirada con emoción. Algunos apretaban fuerte la medalla recién recibida.
Otros sonreían recordando todo lo vivido en 40 años de servicio: las primeras listas de asistencia hechas a mano, los festivales improvisados, los niños que llegaban sin desayunar, las madrugadas preparando clases mientras en casa también esperaban hijos propios.
Había una maestra de cabello completamente blanco que, mientras escuchaba el discurso, le dijo bajito a su compañera:
—“Por fin siento que alguien entiende lo que uno dejó en las aulas”.
Y es que el ambiente cambió desde el inicio, cuando el secretario de Educación, Miguel Ángel Valdez García, pidió un minuto de silencio por las maestras Celeste Fernández Alfaro y Damaris Rincón Zavala, fallecidas apenas un día antes en un accidente carretero.
El Polyforum entero quedó inmóvil. Hubo ojos cerrados, manos temblorosas y lágrimas discretas.
Porque entre maestros todos se conocen de alguna manera: por una reunión, por una capacitación, por una generación de alumnos compartida.
Después vino la calidez. Esa que muchas veces no aparece en los boletines oficiales.
Américo Villarreal Anaya no se limitó a entregar preseas. Se detenía a mirar a cada docente, estrechaba manos con calma, preguntaba nombres, escuchaba anécdotas rápidas. Más de uno aprovechó para decirle:
—“Gobernador, sí nos están cumpliendo”.
Porque entre el magisterio pesa mucho la memoria de los años donde las plazas tardaban, los pagos se atoraban y las prestaciones parecían promesas eternas. Por eso, cuando el gobernador habló de basificaciones, regularización de pagos y transparencia en la asignación de horas, el aplauso salió sincero, no por compromiso.
En una de las filas estaba un maestro rural de la zona cañera que contó, entre risas, que dio clases durante años viajando en motocicleta bajo lluvia:
—“A veces llegaba más mojado que los alumnos, pero ahí seguíamos”.
Cerca de él, una maestra jubilada abrazaba a quien fue su alumno hace tres décadas y hoy también es docente. Así se veía el evento: como una cadena humana donde la educación va dejando huellas invisibles.
El dirigente sindical Arnulfo Rodríguez Treviño reconoció el respaldo al magisterio, pero el momento más emotivo llegó cuando habló el maestro Américo de la Garza Velázquez. Su voz se quebró ligeramente al agradecer que por fin se dignifique la vida entera que muchos entregaron a las aulas.
Y sí, había orgullo.
Orgullo en quienes enseñaron a leer a generaciones enteras.
Orgullo en quienes caminaron kilómetros para llegar a una telesecundaria. Orgullo en quienes hicieron de la escuela un refugio para niños con hambre, miedo o sueños enormes.
Horas antes, durante la ceremonia de ingreso a la Galería de Honor del Magisterio Tamaulipeco en el Centro Regional de Formación Docente, el reconocimiento a Nora Imelda González Salazar y José Alberto Alfaro Rodríguez también dejó escenas profundamente humanas.
Familias enteras tomaban fotografías mientras antiguos alumnos se acercaban para decir:
—“Gracias, maestro… usted me cambió la vida”.
Porque al final, eso quedó flotando en el ambiente de este Día del Maestro: la idea de que educar no es solo enseñar materias. Es acompañar vidas.
Y entre abrazos, aplausos y recuerdos, el mensaje parecía claro: en Tamaulipas el magisterio no solo recibió medallas; recibió algo que durante años pidió en silencio… cercanía, respeto y reconocimiento humano.



